jueves, 22 de diciembre de 2011

La galleta




Esta es Carolina. La misma que la del poema de Rubén Darío, rodeada de riquezas varias y aficionada a la indiferencia. Es una mujer fuerte que desprecia el arte, la música o los sentimientos. No tiene instintos de ningún tipo, excepto el de caza. Cuando viaja a la India, lleva trajes de safari de Yves Saint Laurent, pero no te equivoques, no le preocupa sentirse guapa o femenina. No es un marimacho, ni una lesbiana, ni una frígida, ni ambiciosa, ni acomplejada por dentro. Lo único que le gusta es sentirse superior. Cuando alguien viene a visitarla (sin invitación, por supuesto) lo recibe desnuda sobre el tigre que ha matado con sus propias manos. Su casa está llena de lujosidades que sus admiradores le regalan, pero ella, cada mañana, después de lavarse los dientes (normalmente de 8.30 a 9.00, los fines de semana una hora más tarde) escupe con cinismo sobre los frutos del amor. Ella es perfecta y lo sabe. 

Un día, simplemente encontró un gato recién nacido delante de la puerta de su casa. Estaba ciego y temblando de frío. No es que ella hubiera querido cuidarlo, pero estropeaba la frialdad del ambiente de su enorme mansión, y tampoco iba a matarlo simplemente. Lo cogió y lo envolvió en una manta; en dos segundos se olvidó de él. 
Días más tarde, la chica que le limpiaba la casa lo llevó al veterinario. “Necesita comer de todo, le he comprado galletitas dulces”. Cuando la chica se fue, Carolina vio al gato comerse aquellas galletas con formas graciosas. Y le dio curiosidad. Nunca había comido galletas. Cogió una. Se la comió. Sintió algo.

Días más tarde, el gato murió. Ella pasó el resto de su vida comiéndose sus galletas. Engordó. Murió.


Escrito por Victoria.

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