Esta es Carolina. La misma que la del poema de Rubén Darío, rodeada de riquezas varias
y aficionada a la indiferencia. Es una mujer fuerte que desprecia el
arte, la música o los sentimientos. No tiene instintos de ningún tipo,
excepto el de caza. Cuando viaja a la India, lleva trajes de safari de
Yves Saint Laurent, pero no te equivoques, no le preocupa sentirse guapa o femenina. No es un marimacho, ni una lesbiana, ni una frígida, ni ambiciosa, ni acomplejada por dentro. Lo único que le gusta es sentirse
superior. Cuando alguien viene a visitarla (sin invitación, por
supuesto) lo recibe desnuda sobre el tigre que ha matado con sus propias
manos.
Su casa está llena de lujosidades que sus admiradores le regalan, pero
ella, cada mañana, después de lavarse los dientes (normalmente de 8.30 a
9.00, los fines de semana una hora más tarde) escupe con cinismo sobre
los frutos del amor. Ella es perfecta y lo sabe.
Un
día, simplemente encontró un gato recién nacido delante de la puerta de
su casa. Estaba ciego y temblando de frío. No es que ella hubiera
querido cuidarlo, pero estropeaba la frialdad del ambiente de su enorme
mansión, y tampoco iba a matarlo simplemente. Lo cogió y lo envolvió en
una manta; en dos segundos se olvidó de él.
Días
más tarde, la chica que le limpiaba la casa lo llevó al veterinario.
“Necesita comer de todo, le he comprado galletitas dulces”. Cuando la
chica se fue, Carolina vio al gato comerse aquellas galletas con formas
graciosas. Y le dio curiosidad. Nunca había comido galletas. Cogió una.
Se la comió. Sintió algo.
Días más tarde, el gato murió. Ella pasó el resto de su vida comiéndose sus galletas. Engordó. Murió.
Escrito por Victoria.


No hay comentarios:
Publicar un comentario