—He
dejado una cosa en tu estudio, espero que te gusté —su voz sonaba un
poco más aguda y temblorosa que de costumbre—. Tengo que dejar ya el
ensayo, me voy.
Llevaban toda la tarde en el viejo teatro que habían cedido a su grupo
para ensayos, pero solo a ellos dos les había venido bien representar la
obra. En ella, el poeta trataba de conseguir algo imposible, seducir a
la Luna y conseguir que bajara a la Tierra para acceder a las súplicas
del poeta. La chica que hacía el papel de Luna estaba suspendida sobre
una luna menguante de gomaespuma cariñosamente confeccionada, con
estrellas de cartón pegadas al fondo del escenario y estaba vestida con
un vaporoso traje de los años veinte y un gorrito de fieltro. Tenía una
expresión muy melancólica mientras el muchacho se marchaba, ¿qué habría
dejado en su estudio? De cualquier forma ella se sentía muy bien
suspendida sobre su Luna, pensando en cosas que eran y cosas que no
eran, en el abandono de sus compañeros de grupo, su preocupación por la
obra... le había costado tejer un sueño en torno a sus pasiones, pero
era muy complicado mantener a todos los miembros unidos. Si algo era
seguro es que a todos ellos les gustaba el teatro, pero cada uno tenía
una visión distinta y ninguno se ponía de acuerdo.
Cuando ella decidió bajar de la Luna ya se había hecho de noche y no le
apetecía volver al estudio, así que decidió cenar en una bocatería que
ya le era familiar y luego llamó a otros de sus amigos para salir. Lo
que empezó siendo una cena modesta acabó siendo un regreso al amanecer.
Metió la llave en la cerradura y la giró. Sobre la mesa del salón, con
los cansados ojos trasnochadores, vio una flor roja, ¿era una rosa? Era
una rosa; se acercó con ilusión, pero cuando pudo apreciarla mejor su alegría tornó en tristeza. El capullo de rosa que estaba ante sí
estaba cubierto de telarañas y cuando lo cogió, se deshizo en pedazos.
Escrito por Harry

Como mola nuestro blog!!!
ResponderEliminar